Por: Álvaro Pérez Pérez

PITALITO, HUILA. El sol apenas empieza a morder las cumbres del Macizo Colombiano y un eco rítmico, casi musical, ya despierta a los habitantes del Valle de Laboyos. No es el ruido de los motores ni el bullicio habitual del comercio; es el «taca-taca» indomable, el repique perfecto de unos cascos que golpean la tierra con la precisión de un relojero. En Pitalito, el caballo no es un simple animal de trabajo; es un habitante más, el guardián de una identidad que corre por las venas de su gente.

Aquí, al sur del Huila, se respira un aire distinto. La neblina de la mañana se disipa para dejar ver las pesebreras y los criaderos que salpican la llanura. Criadores, palafreneros y artesanos se mueven con una parsimonia mística, preparándose para una jornada donde el gran protagonista tiene crines y una mirada profunda. «Pitalito es tierra de caballos únicos», repiten los viejos en las esquinas, y basta ver un ejemplar de Paso Fino Colombiano ejecutar su marcha para entender que no hay exageración en sus palabras. Es la suavidad hecha movimiento, una elasticidad que parece flotar sobre el suelo, desafiando las leyes de la gravedad.

La crónica de esta pasión no se escribe solo en las grandes pistas de las Ferias de Exposición Grado A, donde los aplausos retumban y los jueces contienen el aliento ante la finura de los andares. Se escribe, sobre todo, en el silencio de los talleres de talabartería local. Allí, las manos maestras de los artesanos laboyanos moldean el cuero, fabricando sillas de montar, frenos y accesorios que son verdaderas obras de arte, exportadas y codiciadas por caballistas de todo el país. Es un microcosmos económico y cultural donde la herrería, la veterinaria especializada y la pasión se fusionan para dar vida a un motor que mueve la región.

Al caer la tarde, cuando el cielo de Pitalito se tiñe de tonos rojizos y violetas, el eco de los caballos regresa. En las fincas y veredas, los chalanes entrenan a la nueva generación de campeones, manteniendo viva la pureza genética y el temperamento de unos animales que han llevado el nombre del municipio a lo más alto del firmamento equino nacional.

El caballo en el sur del Huila es pasado, presente y futuro. Es la herencia de los abuelos que colonizaron estas tierras y la promesa de una vitrina al mundo a través del turismo y la cultura cafetera. Mientras haya un niño laboyano que mire con asombro el galope de un potro, Pitalito seguirá siendo, por derecho propio, el refugio indiscutible de los caballos más extraordinarios de Colombia.

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