Realizado por: Natalia Plazas Parga
En Pitalito hay familias que viven con el agua rozándoles la vida. Mientras la ciudad crece entre discursos de desarrollo, valorización y expansión urbana, en Guadualito 56 familias levantan paredes de madera, zinc y guadua para resistir cada temporada de lluvias.
En Colombia, un asentamiento territorial es entendido como una ocupación informal del suelo, generalmente producto del déficit habitacional, el desplazamiento forzado, la pobreza y la falta de acceso a una vivienda formal. Aunque jurídicamente suelen catalogarse como ocupaciones no regularizadas, socialmente representan la respuesta desesperada de cientos de familias ante la ausencia de alternativas reales para habitar dignamente.
Esta es la historia de Guadualito, un asentamiento ubicado en el barrio Lara Bonilla, en Pitalito, donde aproximadamente 56 familias habitan en condiciones que difícilmente cumplen con los mínimos que exige un hogar en condiciones óptimas.

La Constitución Política de Colombia reconoce en su artículo 51 el derecho de todos los ciudadanos a una vivienda digna. Sin embargo, una vivienda digna no significa únicamente tener un techo, implica condiciones estructurales, sanitarias y espaciales adecuadas; acceso a servicios públicos, seguridad frente a riesgos naturales y un entorno que garantice bienestar físico y mental.
Basta recorrer Guadualito para comprender que esa promesa constitucional aún está lejos de cumplirse.
Las viviendas están construidas con madera, tulas, hojas de zinc y guadua; materiales que, aunque permiten levantar una estructura básica, no ofrecen resistencia suficiente frente a lluvias intensas, humedad constante, ni variaciones climáticas. La precariedad de estas construcciones no solo pone en riesgo la estabilidad física de las viviendas, sino también la salud de quienes las habitan.
El asentamiento está ubicado a la orilla de una quebrada que, cada vez que crece, amenaza con inundar las casas y arrastrar consigo electrodomésticos, ropa, documentos y años enteros de esfuerzo. A esto se suma la ausencia de pavimentación, las dificultades de movilidad y la acumulación de barro, así como las condiciones sanitarias insuficientes que favorecen la proliferación de bacterias, malos olores, enfermedades respiratorias y gastrointestinales.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿puede hablarse de dignidad cuando decenas de familias viven expuestas permanentemente al riesgo, sin garantías sanitarias suficientes y en espacios reducidos, que muchas veces deben ser compartidos por varios integrantes?
Quien nos abrió las puertas de Guadualito fue Campo, una de las personas que lidera la organización del asentamiento y que intenta mantener el orden y la seguridad dentro del territorio. Mientras caminábamos por senderos llenos de barro y observábamos las viviendas levantadas al borde de la quebrada, resultaba imposible no preguntarse en qué momento como sociedad normalizamos que haya personas viviendo literalmente con el agua hasta el cuello.
Lo más duro no es únicamente la precariedad material, sino la sensación de abandono.
Según cifras del DANE, el déficit habitacional continúa afectando a millones de colombianos, especialmente a quienes viven en condiciones de vulnerabilidad. Esta realidad nacional también tiene rostro en Pitalito, donde asentamientos como Guadualito evidencian cómo el crecimiento urbano no siempre va acompañado de planificación, control territorial, ni garantías efectivas para las poblaciones más vulnerables.

Y aun así, la conversación pública insiste en reducir estos territorios a una sola palabra: “invasión”. La palabra parece pequeña, pero carga una enorme violencia simbólica. “Invasores” se les llama a quienes, en muchos casos, fueron expulsados primero por el conflicto armado, por el desempleo, por la precariedad económica o por la imposibilidad de asumir los costos de una vivienda formal.
Existe una profunda contradicción en una ciudad que avanza urbanísticamente mientras tolera que decenas de familias vivan en condiciones que comprometen su salud, seguridad y calidad de vida.
Tal vez lo más preocupante es que nos hemos acostumbrado. Nos acostumbramos a que haya niños creciendo entre barro y humedad. Nos acostumbramos a que una lluvia pueda significar perderlo todo. Nos acostumbramos tanto, que dejamos de indignarnos.
Porque nadie construye una casa al borde de una quebrada por elección.

