Walter Riso: El psicólogo cree que no somos felices porque hemos aceptado de manera incondicional creencias irracionales que afectan a nuestra salud mental

¿Te exiges demasiado? ¿Te importa mucho que te aprueben los demás? ¿Te da miedo expresar tus emociones libremente? Son tres preguntas a las que la gran mayoría de los mortales responderíamos afirmativamente, al menos en algún momento de nuestra vida. Walter Riso cree que la sociedad actual ha caído en un “perfeccionismo psicológico y emocional” que hace que la gente sufra mucho más. Por esta razón, el psicólogo ha reunido en su nueva propuesta editorial, Maravillosamente imperfecto, escandalosamente feliz , los diez errores más frecuentes que considera que nos hacen más infelices. Es lo que Riso llama “premisas liberadoras” para desaprender aquellas creencias irracionales que nos pueden estar perjudicando. “Cada irracionalidad que te sacas de encima, te va a dar más libertad”, afirma el autor. El psicólogo considera que a nuestra cultura no le gusta la gente diferente ni aquellos que se rebelan, y aboga por la fórmula de aprender a perder para vivir mejor y ser más realistas. “De pequeño siempre te han dicho que tienes que ser el mejor. Yo, simplemente, eliminaría el artículo. Querer ser mejor, aceptando tus virtudes y defectos significa ir por el buen camino”.

¿Cómo se acerca la sociedad actual a la imperfección?

Mal. ¿Sabes por qué? Porque estigmatizamos el error, es decir, vivimos en una sociedad que rehúye el error, la equivocación, los defectos, y lo que exige es que tu seas el mejor en tu género. Los que tenemos imperfecciones, que somos todos, las ocultamos. El día que nos declaremos en desobediencia emocional, psicológicamente y políticamente hablando, conseguiremos algo grande.

¿Entiendo, entonces, que la imperfección está perseguida?

Está señalada, perseguida y proscrita, además de tener un coste social muy grande porque, si no la sabes disimular, te rechazan. ¿Conoces algo acerca del King Tzu Kuroi?

Ni idea.

Es una corriente estética japonesa. Supongamos que se te rompe un jarrón. Según esta tendencia nunca lo tirarían por estar imperfecto, lo arreglarían. Y le ponen polvo de oro en cada una de las rajaduras, lo embellecen. Lo hacen con el objetivo de que esa ruptura, esa imperfección, se integre en la historia del objeto. Eso hace que el objeto tenga un mayor valor porque ha sido capaz de recuperarse.

Creo que veo por donde va.

Nosotros no aplicamos esa estética, al contrario. Parece que queramos mostrarnos siempre entre el “top 10” o estar por encima del bien y del mal. Es un tipo de culto a la invulnerabilidad.

¿Qué daño emocional provoca en las personas este tipo de culto?

Enfermar psicológicamente. Si te pones una meta inalcanzable lo primero que vas a sentir es ansiedad, porque por mucho que te esfuerces nunca la vas a alcanzar. Esa ansiedad te va a bajar el rendimiento, te quitará motivación, y estarás más ansioso porque te verás más alejado de tus objetivos. El impacto final de todo eso es la depresión.

¿Aporrear nuestro “yo” es sinónimo de depresión?

Implica insatisfacción frente a ti mismo porque no eres como te gustaría ser. En cambio, si te aceptas imperfecto ya estamos hablando de una autoaceptación radical.

El crítico que llevamos dentro y que tanto daño nos hace…

Ten en cuenta que la depresión por autocastigo psicológico ha aumentado muchísimo. Ser narcisista está muy mal visto y, entonces, se pasa del narcisismo a la autoindulgencia. Eso hace que muchas veces te vayas al otro extremo y te exijas salir adelante como sea, y eso te lleva a una actitud crítica y a no ser compasivo contigo mismo. La psicología está demostrando que se necesita el orgullo como factor de satisfacción y de fortaleza.

Si no te revisas a diario estás a un paso del fundamentalismo
¿Quiénes son los culpables de estos mandatos irracionales que nos han inculcado?

Se supone que ese valor cultural está posiblemente influenciado por obtener una ambición desmedida o un rendimiento óptimo más allá de nuestras capacidades. Es una hiperactividad social porque valoramos mucho el éxito profesional o el éxito en las personas. Eso puede venir desde el deseo de una familia hasta el aprendizaje social de los colegios, o por muchos grupos de poder que se insertan en la sociedad y te insertan esa cultura. Hoy en día vales por lo que tienes, no por lo que eres.

¿Cuál es su definición de éxito?

Disfrutar de lo que hago y autorealizarme. No tengo que estar en el “top 10” de ningún ranking para estar contento. Si tu vida empieza a depender de eso, asumes un gran riesgo de entrar en la adicción.

¿Cuál de los mandatos cree que nos está haciendo más daño?

Hay dos: la comparación y la prohibición a dudar. La comparación porque te lleva a imitar, y la imitación corrompe. No solo existe una corrupción política, también hay la psicológica. La imitación corrompe tu propia identidad. Los modelos sirven como fuente de inspiración, nada más. Si te comparas, caerás en el miedo al qué dirán y la gente te terminará manipulando.

¿Y con la duda?

El miedo a la duda es porque nosotros sancionamos a la gente insegura, no nos gusta. La cultura o la sociedad inventa un antivalor: “la gente segura de sí misma jamás duda y siempre sabe lo que quiere”.¡Mentira! Serías un idiota o un computador si no dudaras. Hay una duda que es retardataria, esto es, el miedo a equivocarte, y una duda que es progresista, que te lleva a la curiosidad, a explorar y a avanzar en el mundo. Yo predico la lúcida ignorancia: tengo el derecho a cambiar de opinión. No defiendo el tránsfuga, está claro, pero si no te revisas a diario estás a un paso del fundamentalismo, que es mucho más peligroso.

Parece que no nos guste la humildad o que, en ocasiones, se confunde con la vanidad…

La humildad no es ignorar las propias virtudes, significa saber cuáles son los límites reales a los que yo no puedo tener acceso o pasar de ahí. Ignorar tus virtudes no es un valor.

Hagas lo que hagas no vas a gustar a la mitad de la gente

También habla de un tipo de preocupación productiva. ¿A qué responde?

Primero es realista, no te quita más tiempo del que necesita y siempre está al servicio de tu crecimiento; es decir, te aleja de la obsesión. El problema es que este tipo de gente no nos gusta. ¿A quién le cuelgan una medalla en la empresa? Al obsesivo, al que vive para trabajar y genera necesidad de aprobación. Es lo que llamo la personalidad tipo A.

¿Me la describe?

Es muy habitual. Son personas altamente competitivas, ambiciosas al extremo, que trepan pase lo que pase, buscan prestigio y poder a cualquier precio y, sobre todo, tienen una gran necesidad de control. Les encanta controlar el futuro, aunque no puedan hacerlo. Ellos creen que sí que pueden hacerlo, tienen esa ilusión; pero eso es una enfermedad. Tampoco saben manejar el fenómeno de espera, lo quieren todo de forma inmediata. Este tipo de personalidad encaja muy bien en la posmodernidad y la gente los adula y creen que son un buen partido. Digamos que es una psicopatía socialmente aceptada.

¿Cómo tenemos que hacerles frente?

Son personas tóxicas, lo que quiere decir que si te involucras emocionalmente vas a terminar afectándote porque son muy contagiosos. Te inculcarán sus metas como un valor y, sin darte cuenta, empezarás a creer que solo vales por lo que tienes. Tu vales por lo que eres, pero eso es una revolución personal, y al que no le guste, que no mire. La corrupción psicológica existe, significa venderte al mejor postor. Hay dos principios que siempre tienen que estar ahí: el autorespeto y la dignidad personal. Si ves que están negociando con tus principios es una llamada de alerta roja.

La corrupción psicológica existe, significa venderte al mejor postor

Vaya, ahora que parece que la corrupción política está en boca de todos, usted me habla de corrupción psicológica. No hace falta que le diga que no le prestamos la misma atención…

Desgraciadamente es así, aunque es igual de importante que la corrupción política. Es aquí donde nace la persona que después termina haciendo otras cosas cuando es mayor. A los niños habría que programarles cursos obligados en las escuelas sobre inteligencia emocional. Aprender a perder tendría que ser materia obligada en todas las escuelas, ayudaría a ser más modesto. Aprender a perder implica que aceptas lo peor que te pueda pasar y entiendes que no vales por las medallas que te cuelgan los otros, sino por las medallas que te cuelgas tú mismo. Hubo un ministro inglés que dijo: “Renuncio porque se están acercando a mi precio”. Esta es para mí la máxima definición de la ética.

Ahora habla de educación…

Es que no podemos educar a la gente por la culpa o por el castigo que vendrá después. Eso no vale, lo único que cuenta es la convicción. Yo diría, haciendo una analogía con política, que se puede cantar la nacional socialista imperfecta, y que nos unamos los imperfectos del mundo. ¡Si somos la mayoría! Por eso, lo que he descubierto después de tantos años de terapia es que lo que libera a la gente es reconocer sus defectos. Se puede intentar superarlos, pero no esconderlos. Si no gustas a los demás, que miren para otro lado.

Es un error intentar contentar y caer bien a todo el mundo…

La estadística exacta comprobada a lo lardo de los últimos 30 años nos dice que no le vas a gustar a la mitad de la gente. Hagas lo que hagas, no vas gustar a la mitad de la gente. Si eso es así, porque está demostrado, ¿no es mejor no gustar a la gente haciendo lo que yo tengo ganas de hacer? Lo que hay que decir es “yo soy como soy, y valgo por lo que pienso que valgo”. Nada más. Si a Jesucristo, a Gandhi, a Luther King o a Voltaire, por poner algunos ejemplos, no les quieren la mitad de la humanidad, ¿quiénes somos nosotros para que sí que nos quiera más gente? Eso es aprender a perder, ser realista. Haz lo que quieras hacer, mientras no sea dañino ni para ti, ni para los demás.

Barcelona www.lavanguardia.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *