Un viaje al interior del ser humano.

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Tengo en mi inventario la esperanza de cuarenta años por vivir, tengo cuarenta con-sanguíneos, un amor, cuarenta vueltas alrededor del sol, una cama, cuarenta ladrones que acusar, dos amigos, una hija, tres cuadrúpedos, un regular estado de ánimo, dos naciones, un honor vulnerable, una irremediable cuna, un incierto mañana, un niño adentro, un tonto afuera y un sepulcro seguro. Estoy descubriendo quien soy, de donde vengo y para donde voy, pero tengo la ventaja de ignorar lo que deseo, porque todo me gusta.

He crecido en un oscilante andar de ilusiones y sueños, de tragedias y comedias, de abundancias y escaseces; sé de la soledad y los estorbos, de los alborotos y los silencios, de los escándalos y los elogios; sé de las montañas solitarias y los rascacielos, de la congestión en los centros urbanos y también de los bosques baldíos; he escudriñado en bibliotecas de barrio y en discotecas de lujo, he absorbido el olor de las rosas y las guayabas, pero también he soportado pestilencias sulfúricas de cloacas, pólvoras y dinamitas.

La vida me ha premiado dándome a conocer lo bueno y lo malo. He comido en el mismo plato con magos y obreros, predicadores de la verdad y la mentira, ricos de repente y muertos de la risa, imbéciles y sabios que, en igual manera, me han enseñado a comprender la esencia polícroma de la materia y el espíritu; he comprendido que la energía, como mi Dios y el Tiempo, me han dado la oportunidad de aprovechar la luz y las tinieblas, el calor y el frío, la paz y la angustia, la alegría y la depresión, la compasión y la barbarie o el amor.

Como he sido un torete rebelde, me han capoteado en toda feria, me han indultado algunos por encima de la voluntad envidiosa, me han dado pica otros para bajarme los humos y me han banderilleado algunos para frenar mis estampidas impulsivas. Como he andado entre mercados y mercaderes he sido una meretriz que siempre dice sí, y por eso me han comprado y me han vendido.

… Como lo más apetecido en mi vida por cuanta curva he rodado, es la paz de mi espíritu, debo mantener los principios de mi religión basada en la justicia, los derechos y la libertad, en el amor sin prebendas, pero sobre todo en la noble intención de no hacer daño; una religión que fundé con sobrados de filosofía para seguir con vida. Debo mantener en constante gimnasia a mi mente para soportar el peso de las contradicciones y de la psicopatía, las traiciones y la ambición, mis verdugos y mis adversarios. Como sigo en los propósitos de lograr mis metas, cuidaré mi boca para no pecar de excesos: no diré tanto ni dormiré tanto. Cuidaré mi mente para seguir creando: Criticaré menos y meditaré más. Controlaré los impulsos de mi pasión: Haré sexo gourmet y me pondré en el pellejo de los demás para sentir el dolor ajeno, tendré cerca un caballo de silla para no caminar dando tumbos en el amor y los negocios que, por conseguir sus frutos me han puesto zancadilla y me han dejado inválido.

Como también reconozco las dificultades de mi propio ser, acepto los errores de mi vanidad y mis complejos y pongo el culo en el banquillo o el pecho al paredón. Practicaré la ubicuidad, para estar en todos los lugares y en todas las cosas; así podré contar lo que he vivido: una perfecta disculpa para expresar que me puedo morir tranquilo; una fórmula para evitar lamentaciones o arrepentimientos cuando me vaya de este mundo.

Si llego a viejo, perdonaré mis equivocaciones y olvidaré que he sido víctima de transeúntes y granujas por las sendas de mis aventuras, ignoraré a quienes incitaron mis deseos para matarlos luego como a las flores cuando el sol las toca, aunque siga ilusionado bajo los puentes y las calles, perdido en la mentira y el engaño de creerme suficiente.
Como no soy el perfecto que no quiero ser, ni la goma maleable que los infaustos han convertido en muñeco, decido seguir corriendo hacia la luz de los amaneceres a ver en cuál de ellos encuentro el valle templado de una existencia que me otorgue la paz, ahora que el silbo de mi corazón se subleva y amenaza de infarto.

Decido volver a la familia y buscar más tiempo para cantar y jugar, para contar y mirar, para escuchar y sentir, para degustar y recordar. Decido tener más tiempo para vivir; decido jubilarme a esta edad para aprovechar las fuerzas netas y no llegar menesteroso y cobarde a mi encuentro con la nada. Decido no pecar contra los hombres, contra la energía cósmica o contra las leyes, pues no basta con llevarme a casa una pensión si no traigo en otro sobre el acta limpia y tranquila de mi conciencia. Por lo tanto, al ver que mis urgencias de amor, de humor, de salud, de fe, de tiempo y de libertad se hacen breves, ruego me perdonen la imprudencia de volverme esquivo mientras le digo adiós a los brillos que encandilan, aunque adornen los gustos truncados. Y si no me perdonan, que al menos me dejen solo.

De todos modos, seguiré mi viaje sin participar del dolor a quien me ama, a quien me amó o a quien finja amarme. Prefiero la cura total o la muerte total, que los plazos y los créditos. Me quiero jubilar de contado a esta edad sin preocuparme tanto por el dinero, ya que está implícito en nuestro instinto de conservación; se sabe que, sin él, se nos para el corazón y se nos caen las ansias.

No me voy a torturar con los recuerdos de mis ambiciones, porque nunca coincidieron mis deseos y mis logros. Tal vez por eso tampoco encontré la solución al descalabro de mi orgullo que no le abrió la puerta a la humillación, la ventana al irrespeto, ni la reja al abandono. Apenas es hora de aceptar la paradoja de la vida: Esta soledad, alimento de mi miedo, es el precio que debo pagar por la libertad.
Espero no estar perdido en el hedonismo. De nada vale reflexionar en vísperas de la muerte.

Con la pluma del escritor Laboyano compositor del Himno a Pitalito.
JUAN CARLOS ORTIZ
Miami, FL. Sept 10 del 2.000.

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